Una patria aún por construir, desde el sur que resiste.
«Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua.»
Así habló José María Arguedas en 1968, al recibir el Premio «Inca Garcilaso de la Vega». Hoy, a 204 años de nuestra proclamada independencia —o mejor dicho, supuesta independencia—, sus palabras resuenan con una vigencia dolorosa. Nos obligan a mirar de frente el país que realmente somos.
Desde el sur peruano —desde estas tierras que han vivido en carne propia la exclusión, el racismo y la violencia estatal—, el testimonio de Arguedas adquiere una dimensión especialmente cruda. Él celebraba su capacidad de hablar «en cristiano y en indio», de moverse entre dos mundos con orgullo. Pero hoy seguimos habitando un país donde esa interculturalidad no se reconoce ni se respeta; donde el quechua, el aimara y otras lenguas originarias continúan siendo vistas como estorbos por las élites centralizadas; donde ser del sur andino o ser de un pueblo originario sigue siendo sinónimo de atraso en el imaginario oficial.
El «demonio feliz» del que hablaba Arguedas —esa energía vital que le permitía vivir con alegría su identidad múltiple— choca con una realidad brutal: la de un Estado que responde con balas a quienes exigen derechos. Lo vimos el 9 de enero en Juliaca. Lo hemos visto demasiadas veces. Para el poder centralizado, quienes protestamos desde las provincias no somos ciudadanos plenos; somos enemigos a los que hay que silenciar.
Arguedas escribió sobre un Perú de «todas las sangres», una nación donde la diversidad no fuera un problema, sino una riqueza. Pero seguimos siendo la misma república criolla que José Carlos Mariátegui denunció hace un siglo: gobernada por una élite que extrae nuestras riquezas mientras nos desprecia, que nos administra como si fuéramos una colonia interna. Ese país de todas las sangres sigue siendo, tristemente, una metáfora literaria. En la práctica, las sangres siguen jerarquizadas: unas valen más que otras, unas pueden protestar y otras reciben represión.
Entonces, ¿qué celebramos realmente en estas Fiestas Patrias?
Desde Puno —desde este sur que aún sangra y resiste—, resulta difícil encontrar motivos de júbilo. La independencia de 1821 no trajo una libertad real para nuestros pueblos. Seguimos esperando el país donde hablar quechua o aimara no sea motivo de burla ni exclusión; uno donde todas las culturas valgan por igual.
Mientras esa transformación no ocurra —mientras el Perú siga sin reconocerse en su propia diversidad—, la verdadera pregunta no es si debemos celebrar el 28 de julio.
La pregunta es más honda, más incómoda:
¿Cuándo seremos, de verdad, peruanos con los mismos derechos?
La respuesta, todavía, sigue pendiente.
Y, a pesar de todo, seguimos aquí, kaskaniraqmi. Seguimos hablando nuestras lenguas, viviendo nuestras costumbres, abrazando lo que somos. Hay mucho de qué estar orgullosos: de nuestras raíces, de nuestras comunidades, de esa diversidad que nos hace profundamente humanos.
Eso también es el Perú. Aunque algunos prefieran no verlo.