Por Rony Ramos
Comunicador Quechua de Puno
Uyariy en quechua, Ist’aña en aymara. Ambas significan lo mismo: escuchar. Pero el gobierno no escucha. Nunca escuchó. Y por eso intentaron silenciar esta película.
Acabo de salir de la sala. Me contuve las lágrimas, pero no pude. Esta película del cineasta Javier Corcuera estaba programada para estrenarse el 8 de enero de 2026. Pero fue censurada, retirada de las carteleras del sur y relegada a horarios imposibles en Lima. Ah, y por cierto, el Ministerio de Cultura guardó silencio.
Hoy 9 de enero, gracias a la presión en redes sociales, habilitaron algunas salas en Puno, Cusco, Juliaca y Lima. Pude verla. Y era obvio: es una película que incomoda a ese grupo de poder.
Uyariy recoge lo que el Estado prefiere olvidar: las voces de madres, esposas, hermanas, padres, abuelas que perdieron a los suyos el 9 de enero de 2023. Ese día, 18 civiles murieron en Juliaca disparados por las fuerzas del orden. Han pasado tres años. Siguen en busca de justicia.
El trabajo de Corcuera es magistral. La fotografía, la música con sikuris y charango, y la voz de Edith Ramos elevan esta obra: cada plano cuenta, cada testimonio duele y tienes que contenerte. No es solo cine, no es un documental más, es memoria viva.
Entre las víctimas hubo gente que no participaba en las protestas. Jóvenes que simplemente caminaban por ahí. Marco Antonio Samillán, médico de 31 años, murió mientras auxiliaba a los heridos. Llevaba bata blanca. Mientras ayudaba, las balas lo alcanzaron. Su familia, la de él y la de los otros hermanos y hermanas, siguen buscando justicia para encontrar algo de paz en medio del dolor. Pero no hay justicia. Solo fueron terruqueados, señalados, convertidos en culpables de su propia muerte.
La película conecta esta tragedia con nuestra historia de violencia estatal.
¿Cuántos conocen lo de Huancho Lima, Huancané? En 1923, los pobladores fueron masacrados mientras luchaban por educación y libertad. Antes, los gamonales veían a los pueblos originarios como esclavos. «Un indio leído, es un indio peligroso», se pensaba entonces. Hoy, algunos en Lima nos dicen con desprecio «Puno no es el Perú», y hay quienes todavía piensan que las hermanas que protestaban cargando en q’epe a sus hijos «alquilaron a esas wawas» para las protestas.
En el aeropuerto de Juliaca también hubo sangre antes: en 2011, el «Juliacazo«, seis muertos por protestar contra la contaminación del río Ramis. Y el 4 de noviembre de 1965, otra matanza. Simplemente por exigir servicios básicos como el agua, desagüe, electricidad. La respuesta fue violencia.
Algunos de estos hechos se tocan en la película. Son precedentes que evidencian un patrón: el Estado no escucha. Balea.
Esta película incomoda porque muestra lo que somos: un país que sigue sin reconocer la dignidad de su gente. Como dice el padre Luis Zambrano: «Siempre ha sido así, pero no siempre tiene que ser así». Corcuera se atrevió a recoger esos testimonios, a construir memoria que nos remece. Y por eso enfrentó la censura del sector privado presionado por fuerzas políticas a las que este tema les causa urticaria.
Por eso tenemos que ver Uyariy. Todos los peruanos, pero principalmente quienes creen que esto no va con ellos, quienes piensan que el Perú termina en su burbuja.
Nuestras voces no pueden seguir siendo ignoradas. Ve al cine. Resiste el olvido.